A lo largo de la historia del ser humano, se han contado infinidad de historias acerca de barcos fantasma. Almas en pena, maldiciones, tesoros ocultos,… ¿Qué es lo que nos podríamos encontrar?
Imagen de un barco abandonado. Fuente:
Un encuentro en alta mar
Segunda Guerra Mundial. El capitán Andrew Scott se hallaba navegando por las gélidas aguas del Atlántico norte junto a su veterana tripulación. Aquellos no eran buenos tiempos para los marineros. Muchos cargueros se habían a pique en su travesía hacia el Viejo Continente a causa de las hostilidades de los submarinos alemanes. Desde luego, ese bien podía significar el último viaje para el atribulado Scott. Pero el SSPennsylvania tenía una misión que cumplir. Y no podían fallar.
Ya en alta mar, al vigía le pareció vislumbrar unas luces extrañas. No podía describirlas con total seguridad. En sus propias palabras, era como un resplandor envuelto en brumas, como si de tratase de algo fantasmagórico. A Scott todo aquello le daba muy mala espina. Demasiado sospechoso. Y más en aquella situación. ¿Unas señales luminosas en mitad de la nada? Pero, ¿y si se trataba de una embarcación en peligro? Debían averiguarlo. Y además no había tiempo que perder.
Cuando la bruma se disipó lo suficiente, al fin lo pudieron vislumbrar. Un barco de madera en ruinas se hallaba encallado entre unas rocas puntiagudas en la inmensidad del océano. Era como si el tiempo se hubiese detenido en aquellos indómitos parajes. ¿Qué significaba todo aquello? Sin demora, prepararon un bote para acercarse lo máximo posible. Desde luego, aquello parecía un descubrimiento sin igual. Los subordinados Matthew y Richard fueron los elegidos para la misión de reconocimiento.
-¿Habías visto alguna vez algo parecido?-preguntó Richard a su acompañante tras quedar impresionado por aquella visión.
-Nunca en mi vida-acertó a decir Matthew igualmente atónito.
Aquel buque los tenía obnubilados. ¿Qué secretos escondería en su interior? Ambos procedieron a desembarcar y explorar los restos de aquella embarcación. A simple vista, no había nada anormal. Tan solo fragmentos de madera podrida aquí y allá. Entonces, ¿de dónde procedía aquella luz tan misteriosa? El sonido de la brisa a través de las rocas y el golpeteo de las olas en aquel sitio eran casi hipnóticos. Quizás eran los únicos en acudir allí en varios siglos. Tras reconocer el lugar, procedieron a ingresar al interior del banco abandonado. Decididamente allí no había nada que pudiese merecer la pena.
Pero en la bodega de lo que quedaba de aquel navío, había algo que les llamó la atención. Era un cofre ajado agarrado por dos esqueletos maltratados por el tiempo y la humedad. Los hombres de Scott decidieron abrirlo sin pensárselo demasiado. Entonces vieron el contenido del magnífico tesoro: doblones de oro, esmeraldas, zafiros, perlas, rubíes,… Un hallazgo único. Ahora eran ricos. No podían creerlo. Y como explicación a todo aquel misterio, tan solo existía una inquietante inscripción en un inglés antiguo grabada con un cuchillo en el cofre:
«Aquello que nosotros fuimos, vosotros sois. Aquello que nosotros somos, vosotros seréis»
Tanto Richard como Matthew se llevaron todo lo que pudieron. No podían esperar a darle la buena nueva a sus compañeros. Pero antes de irse, a Richard le pareció que una de las calaveras les escrutaba fijamente desde sus cuencas vacías. Como queriendo advertirles de algo. Y no precisamente bueno. Y aquel mensaje… Le ponía los pelos de punta. ¿De dónde había salido todo aquel tesoro? Demasiadas incógnitas. En fin, más les valía escapar de aquel lugar cuanto antes. Por lo que pudiese pasar.
Ya otra vez a bordo, y al revelar lo descubierto, los marineros perdieron el control de sí mismos. Todos querían poseer el ansiado tesoro. Parecía como si la fiebredeloro los hubiera poseído por completo. ¿Qué estaba ocurriendo? Richard entonces reveló la tenebrosa profecía a Scott. Sin darle tiempo a reflexionar sobre el asunto, de repente, se desató una dramática tempestad. Una que parecía querer engullirlos a todos y mandarlos al mismísimo infierno. Scott bramó a sus hombres:
-¡Arrojadlo todo por la borda! ¡Es una orden! ¡Ese tesoro está maldito!-Scott sabía que algo no iba del todo bien con esa adquisición.
Pero sus hombres ya no escuchaban. Una espesa niebla los había envuelto y ya no podían ver nada a su alrededor. Todo eran rayos, truenos y olas gigantescas. Era una espantosa maldición. Parecía la inminente llegada del apocalipsis. ¿Y qué pasaba con el tesoro? Mas ya poco importaban aquellas tentadoras riquezas. Fue en ese momento cuando un fogonazo seguido de una violenta explosión hizo acto de presencia. El SSPennsylvaniahabía estallado en mil pedazos. Algo o alguien los había alcanzado.
Andrew Scott se despertó poco después en una habitación muy extraña. No recordaba nada lógico. Gritos, explosiones, sangre, joyas, oro… Todo era muy confuso. Se dio cuenta de que le habían vendado un brazo. Unos pinchazos de dolor y una fuerte jaqueca empezaron a hacerle mella. ¿Qué es lo que había ocurrido? ¿Dónde se encontraban sus hombres? ¿Y qué estaba haciendo él en aquel cuarto tan oscuro y frío? Sus dudas se despejarían cuando se abrió una compuerta y apareció un individuo alto y rubio.
-Sea bienvenido al U-45, capitán-le dijo un joven oficial alemán con un fuerte acento.
-¿Quién es usted? ¿Y qué hago aquí?-se atrevió a preguntar Scott a aquel desconocido.
-Me alegro que me pregunte, eso significa que aún conserva su lucidez después del ataque. Puede llamarme Hans, si así lo desea-emplazó su misterioso acompañante.
-¿Dónde están mis hombres? ¡Conteste, por el amor de Dios!-vociferó un alterado Scott.
-Cálmese, por favor. Ahora es usted nuestro «invitado de honor». Por sus hombres no debe preocuparse nunca más-le dijo aquel hombre llamado Hans con una sonrisa maliciosa.
-¿Qué ha querido decir con eso? ¡Explíquese!-Scott no iba a amedrentarse y menos frente al enemigo.
-Quiere decir que usted es el único superviviente de su embarcación. Ustedes han sido nuestro blanco más fácil. Eran visibles a kilómetros de distancia con aquella curiosa «luz» que les rodeaba-sentenció implacable el alemán.
-¿¿Cómo?? ¡No puede ser! ¡Miente!-un sudor frío empezó a recorrerle la espalda al capitán estadounidense. Parecía ser que la maldición era cierta, después de todo.
-Cuanto antes se haga a la idea, mejor para usted-le recomendó Hans-Ahhh, casi se me olvidaba. He de darle las gracias en persona. Nos ha proporcionado un suculento botín-nada más terminar el oficial se sacó un medallón de oro del bolsillo. Aún con la escasa luz presente en la habitación, su brillo era impresionante. Como el de los ojos de Hans.
-Desháganse de él. Ese tesoro significa la más absoluta perdición, les perseguirá para siempre-dijo Scott con un hilo de voz apenas audible. En su cerebro, no paraba de repetirse a sí mismo una sola palabra: «luz».
-Lo tendremos en cuenta, capitán. Ahora procure descansar. Nos espera un largo viaje hasta Alemania jaja-terminó Hans mientras cerraba la compuerta y volvía a echarle un último vistazo a su querida posesión.
Fotograma de la película «Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra» (2003)
Buenos aires, año 2025
El viejo Hans seguía dandole vueltas a la cabeza. Había pasado toda su vida escondiéndose de su pasado. Tras terminar la Segunda Guerra Mundial, huyó a diferentes países hasta recalar en Argentina. Por su propio bien, decidió cambiar de identidad. Nunca tuvo hijos. La suerte no es que le hubiese acompañado demasiado, aunque podía darse con un canto en los dientes en comparación con algunos de sus antiguos camaradas. ¿Acaso tendría razón aquel huraño capitán estadounidense que le habló de una horrible maldición? ¿Qué significaba lo que había tratado de advertirle?
Ahora a sus casi 100 años de edad, se hallaba cansado y dolorido. ¿Cómo es posible que hubiese aguantado durante tanto tiempo y de una sola pieza? Ni él mismo lo sabía. Pero de lo que no tenía duda era de que había sido todo un superviviente. Exacto. Y aún conservaba en su poder aquel tesoro que encontró en el inabarcable océano largo tiempo atrás… Sí, su preciadotesoro. Aquel que le había acompañado durante toda su vida. No podía permitirse perderlo a ningún precio. Solo pensaba en él. A su edad, era lo único de valor que aún le quedaba. Pero, ¿por cuánto tiempo?
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