Apodada «la pata de elefante», esta extraña creación surgida del accidente de Chernóbil, es considerada a menudo como el lugar más arriesgado del planeta. Pues tan solo unos minutos de exposición a su lado, pueden provocar la muerte instantánea.

La «oportunidad» de Igor
Cuando al desafortunado Igor le cazaron de nuevo, sabía que esta vez sería mucho peor. La policía nunca tenía compasión, bien lo sabía él. Así se hacían las cosas en el viejo Moscú de la era soviética. Esta vez le habían pillado robando, aquella era su manera de sobrevivir en un medio sumamente hostil.
Sin embargo, en aquella ocasión algo había cambiado. La llegada de Mijaíl Gorbachov al poder traía consigo nuevas esperanzas de redención para gente como él. En el juicio le emplazaron a librarse de prisión si cumplía con una serie de «trabajos«. Pero… ¿qué tipo de trabajos? cavilaba Igor.
-¿Qué te parece si en vez de ir a la cárcel, le haces un gran favor a tu país?-le dijo el perspicaz guardia a Igor guiñándole un ojo.
-Está bien-respondió Igor-Cualquier cosa siempre es mejor que pudrirse en una celda, ¿verdad?-reflexionó algo resignado el joven.
-Así me gusta muchacho. Esa es la actitud que hay que tener, sí señor-el guardia no podía estar más contento. Como muestra de su entusiasmo, le dio unas palmaditas en el hombro. Había algo ciertamente misterioso en todo aquello, pero Igor no le dio demasiada importancia.
El iluso Igor pensaba que le pondrían a barrer calles, recoger basura o algo parecido. O quizás picar piedra en una mina como mucho. Dadas sus circunstancias, no tenía demasiadas opciones para elegir. Sin embargo, no pudo estar más equivocado, como se demostraría más adelante.
Lo trasladaron muy lejos de la capital en un camión especial junto con otros «voluntarios». Muchos de ellos se preguntaban que tendrían que hacer. Todo aquello era una incógnita, como casi cualquier asunto que se trataba en la Unión Soviética. Ver, oír y callar le habían aconsejado siempre sus padres.
-A lo mejor nos mandan a Siberia, chicos. He oído historias terribles que suceden por allí-sugirió el más cercano a Igor con ojos como platos.
-Ya no estamos en los tiempos del viejo camarada Stalin. Gorbachov ha prometido muchos cambios-le respondió el más positivo del grupo.
-Yo que tú me haría menos ilusiones, Dimitri. Quizás tengas razón, pero ya sabes como funcionan las cosas por aquí-respondió de forma muy agria el último de ellos.
Igor se mantuvo callado todo el tiempo que duró el viaje. Eso era lo mejor. No dar muchas explicaciones le había ahorrado infinidad de problemas. Por otro lado, siempre escuchaba atentamente a todo el mundo. Al fin y al cabo, todos eran espías de todos. Así, puede que se enterase de cual iba a ser su cometido.
Tras un largo periplo en el que el secretismo campaba a sus anchas, llegaron a un emplazamiento ciertamente extraño. Se trataba de una ciudad fantasma, como congelada en el tiempo. Todo estaba intacto, como si sus habitantes hubieran salido precipitadamente de allí. ¿Qué narices estaba ocurriendo?

Al bajar del vehículo, les esperaba una comitiva de lo más peculiar. Todos iban ataviados con uniformes especiales y mascarillas como si estuviesen en un planeta diferente. Aquella situación iba adquiriendo tintes cada vez más sospechosos. De repente, alguien les ordenó formar en fila y les habló con voz potente:
-Camaradas, habéis sido seleccionados para una grande y noble misión. En vuestras manos está el futuro de la patria y quizás del mundo entero-les dijo un soldado dotado de toda aquella parafernalia.
¿Misión? ¿Qué clase de misión? ¿Perdón? Entonces lo comprendió todo: ellos eran los llamados «liquidadores». Aquellos que debían limpiar la zona de residuos radiactivos tras el fatídico accidente de la central nuclear de Chernóbil. Por esa razón, habían puesto tanto interés en él. Ahora todo encajaba.

Después de una serie de instrucciones y aprovisionamiento del «kit de protección», si es que se podía llamar así, a cada uno se le asignó un área para empezar a trabajar a contrarreloj. Justo cuando Igor se disponía a desplazarse hacia dónde le habían mandado, una extraña voz le llamó desde lo lejos. ¿Y ahora qué?
-¡Tú!-le dijo otro soldado apuntando a Igor con el dedo-Tú te encargarás de otra tarea.
-¿Quién, yo?-preguntó un tanto sorprendido por aquel giro de los acontecimientos. Con un poco de suerte a lo mejor se refería a otro. Aquello no le daba buena espina.
-No, mi padre. ¡Venga, andando!-le respondió airado. No, estaba claro que se refería a él. Será mejor obedecerlo, pensó Igor.
Un poco más tarde, entraron en lo que había quedado del destruido reactor 4. Debía de bajar hasta que se encontrara con «el asunto», como algunos le llamaban. Con una cámara de fotos que le habían dado, tenía que tomar algunas instantáneas y si le quedaba algo de tiempo, analizar la zona y «despejarla».
Igor empezaba a pensar que todo se trataba de una encerrona de la que no tenía ninguna escapatoria. Aunque tampoco quedaba otra salida. Cuando preguntó por cuánto tiempo habría de permanecer allí, le respondieron que «todo el que pudiese». Parecía sencillo, sacar unas fotos y arreglarlo un poco, ¿no?
Siguió bajando. Al entrar en el habitáculo señalado, lo percibió. No sabía exactamente lo que era, pero de alguna manera sabía que algo no iba bien. Era como si una gran fuerza invisible le aplastase todo su cuerpo. Y ahí estaba, una especie de masa indefinida que ocupaba buena parte del espacio adyacente.
A cada momento que pasaba se sentía más débil y torpe, era como si hubiese envejecido varias décadas en un suspiro. Sentía náuseas, jaqueca, malestar general. ¿Qué diantres estaba pasando? Decidió irse de allí antes de que fuera demasiado tarde. Iba tropezándose a cada paso, la cabeza le daba vueltas.
Cada escalón constituía un esfuerzo sobrehumano. Finalmente, se desplomó. No podía más. Todos los fluidos de su cuerpo escaparon sin que él pudiera hacer nada. ¿Iría alguien a ayudarlo? Lo dudaba. Mientras su organismo dejaba de responder, escuchó una conversación lejana pero muy reveladora.
-Comandante, esto no funciona. Todos los desgraciados que enviamos ahí abajo, no duran más que unos pocos minutos como mucho-reflexionó muy serio el primero de ellos.
-Soy plenamente consciente de ello. Nuestros mejores expertos están trabajando en ello. ¡Qué puto desastre, joder!-gritó a la nada el segundo interlocutor bastante enfadado.
-«Expertos», desde luego-finalizó la primera voz en tono irónico.
¿Y qué más da todo ahora? pensó Igor. Quizás hubiera sido mejor haberse quedado en alguna cárcel de Moscú antes que morir en aquel lugar nauseabundo. Pero ya era demasiado tarde para aquello. Quizás alguien se acordara de él en el futuro, no lo podía saber. Todo había sido una astuta trampa.

La «pata de elefante»
La llamada «pata de elefante» es una creación accidental originada como consecuencia del desastre ocurrido el 26 de abril de 1986 en la planta nuclear de Chernóbil. Tras una serie de fallos humanos, el reactor 4 de dicha central se sobrecalentó y explotó, liberando al exterior grandes cantidades de material radiactivo. Tristemente, los primeros bomberos en llegar al lugar no tardaron en sufrir las consecuencias. 31 de ellos fallecieron y centenares de miles de personas se vieron afectadas.
La cercana ciudad de Prípiat hubo de ser evacuada. Pero debido al secretismo que operaba en el férreo sistema soviético, no fue sino hasta semanas después cuando se conocieron las verdaderas dimensiones de la catástrofe medioambiental. La mayor del siglo. En una de las inspecciones posteriores llevadas a cabo en el sótano donde estaba el malogrado reactor, se descubrió algo espeluznante. Se le llamó la pata de elefante. ¿Y de qué se supone que está hecha? ¿acaso es tan peligrosa como se cuenta?
Aquella masa era una mezcla de combustible nuclear, productos de fisión, barras de control, materiales estructurales de las partes afectadas del reactor, productos de su reacción química junto con aire, agua, vapor y hormigón fundido del piso de la sala del reactor: el corium. En total 11 toneladas. Se le considera el lugar más peligroso del mundo. Se calcula que la exposición allí durante más de 1 hora produce la muerte. Su acceso es una quimera, aunque quizás lo mejor sea no acercarse demasiado a ella, ¿cierto?
Bibliografía
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Dyatlov, A. (2003). Chernobyl. How did it happen. Moscú: Nauchtechlitizdat.
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Medvedev, G. (1992). La Verdad sobre Chernóbil. Heptada Ediciones, S.A.
Kostin, I. (2006): Chernóbil, confesiones de un reportero. Barcelona, editorial Efadó.
Read, P. Paul (1993). Ablaze! The Story of Chernobyl. Random House UK.
Rodríguez R. (2019). «El sótano de Chernóbil que tiene el ‘honor’ de ser el lugar más peligroso del mundo». Elconfidencial.
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