Tras los mares y océanos inabarcables, se halla una de las leyendas más famosas de todos los tiempos: «El Holandés Errante», un navío condenado a vagar sin rumbo fijo para toda la eternidad.

El viejo NOAH
¿De qué trata la historia de esta misteriosa embarcación? ¿ Y por qué ha inspirado a tantas generaciones desde hace siglos?
Siglo XVIII, Ámsterdam. El viejo y huraño Noah se encontraba tomando su habitual pinta en una maloliente taberna cercana al puerto. A lo largo de su larga vida, había visto morir a muchos de sus compañeros en alta mar. Naufragios, accidentes, ataques enemigos o el temible escorbuto eran el pan de cada día en aquel oficio. Ahora ya solo le quedaba emborracharse y vivir de sus lejanos pero muy vívidos recuerdos.
A veces pensaba que había vivido demasiado, a modo de castigo divino. Sí, tantos años para acabar siendo un pobre y desdentado anciano que a duras penas se sostenía en pie ayudado por un bastón. Estando concentrado en su cerveza, le llamó la atención la conversación de dos oficiales de la marina que acababan de sentarse muy cerca de él. Quizás podría sacarles algo en su provecho, pensó el siempre taimado Noah.
-Te digo que lo he visto, Jan. Con mis propios ojos, ¡te lo juro!-espetó el primer marinero.
-Por favor, no jures en vano. Todo el mundo sabe que se trata de una popular leyenda para asustar a los navegantes-le reprendió su interlocutor.
-De todas formas, tengo la certeza de que existe. Un barco de velas raídas y madera podrida, cuyo diabólico resplandor te hiela la sangre sólo con observarlo-masculló muy serio el segundo oficial.
-¡Venga ya, Pieter!-farfulló su compañero al oír la ya repetitiva descripción de aquel navío.
-Yo os puedo contar la historia de «El Holandés Errante«, si me invitaseis a una ronda-les dijo de repente el viejo Noah, que había estado escuchando la amable charla entre los dos marineros y sabía a la perfección de que barco se trataba.
-Gracias amable señor, pero debemos partir muy pronto y apenas disponemos de tiempo-le dijo muy amablemente Jan, quién no deseaba retrasarse más de lo debido con aquel abuelo.
-No pasa nada por escuchar la historia de este venerable anciano, Jan. Seguro que es entretenida-sugirió Pieter, al que siempre le había interesado todos aquellos relatos de fantasmas.-¡Vamos, una pinta para este viejo lobo de mar!-ordenó al camarero.
-Está bien-dijo su acompañante resignado-Pero que sea rápido, y solo una ronda ¿de acuerdo?
-No os arrepentiréis, os lo aseguro-les dijo Noah con un brillo inquietante en sus ojos. Fue entonces cuando empezó a narrar su historia. Aquella que marcaría su destino por siempre.

La historia de Hendrick Van der Decken
El capitán holandés Hendrick van der Decken era un hombre impávido, sin temor a la muerte. Desde sus tempranos inicios, su modo de vida siempre había sido el mar. No importaba el qué, el cómo, el cuándo o el quién, nunca rechazaba una misión por muy peligrosa que esta fuera. Su fama era indiscutible en cada puerto allá donde dejaba eco de sus hazañas. Desde Ámsterdam a Lisboa, pasando por Estambul, Goa o Macao, todo el mundo había oído hablar de él.
Jamás fallaba en su cometido. Algunos avezados marineros murmuraban entre dientes que el astuto Hendrick había realizado un pacto con el diablo a cambio del éxito y la reputación. Junto a las casi incontables historias de insaciables monstruos acuáticos que rondaban los mares en busca de presas, solía también aparecer el incansable Hendrick en algunas de ellas. Pero ciertas o no, el caso es que su nombre era temido y respetado en todos los mares y océanos conocidos.
Un día, a Hendrick le encargaron una arriesgada travesía. Debía partir desde Ámsterdam hasta la lejana India para obtener un valioso cargamento consistente en especias, sedas y tintes para venderlo a precio de oro a su vuelta en Europa. Desde luego, una oferta que no podía rechazar. Pero en su largo trayecto debía atravesar el siniestro Cabo de Buena Esperanza, tristemente conocido por ser un lugar de abundantes naufragios. Una amenaza ineludible.
A pesar de todo, Hendrick no era alguien que se dejara amilanar. Ya conocía de sobra aquella ruta que en el pasado le había granjeado tanta fama y gloria. Con el fin de insuflar ánimos, reunió a su tripulación días antes de embarcar para informarles de su deber como marineros. Entre ellos se encontraba el joven Noah, que acababa de empezar sus tareas como grumete. Por fin, se estrenaría junto a aquel célebre capitán que tanto había dado que hablar durante décadas.
-¡Marineros! El mar nos espera. Cada hombre sabe cual es su obligación. Aquel que me falle… ¡lo arrojaré por la borda! ¿Estáis acaso preparados para afrontar el peligro?-inquirió el viejo Hendrick.
-¡Sí, mi capitán!-replicaron todos los tripulantes al unísono.
-No se hable más. ¡Preparadlo todo para el embarque!-ordenó Hendrick a sus hombres.
El joven Noah se afanó al máximo para no defraudar a su capitán. Pese a que solo era un humilde aprendiz no le faltaban ganas ni ilusión. Años antes su padre se había encargado de adiestrarlo concienzudamente en los entresijos del oficio. Noah procedía de una larga tradición de marineros, no conocía otra cosa. Lo llevaba en la sangre. En cubierta, había hecho buenas migas con el veterano Sem, quien le trataba como al hijo que nunca tuvo.
El viaje de ida transcurrió sin muchos sobresaltos. Apenas si se cruzaron en la lejanía con algunos navíos ingleses, sus rivales en alta mar, sin llegar a ningún enfrentamiento serio. Al llegar a la India, obtuvieron el cargamento que habrían de transportar hasta Europa. Cuando arribaran a Ámsterdam, les esperaba un suculento botín pues aquellos productos eran muy bien valorados por los mercaderes. Pero todavía les esperaba el paso más difícil de la misión. Aquel que les pondría a prueba.

-Todo parece ir según lo previsto, ¿verdad Sem? Muy pronto estaremos en Europa-le dijo Noah a su fiel compañero.
-Si conseguimos doblar el Cabo de Buena Esperanza, todo irá bien-sentenció Sem al audaz muchacho.
Noah había oído hablar de aquel lugar como si una maldición se cerniera sobre él. No habían sido pocos los navegantes que habían perecido al tratar de darle esquinazo. Espantosas tormentas estaban al acecho, esperando cobrarse su siguiente víctima. La tripulación del implacable Hendrick bien lo sabía. Por esa razón, habían extremado las precauciones a bordo. El viejo Sem se encontraba pensativo, como si estuviera ausente. Noah se preguntaba que estaría rondando por su cabeza.
Ya estaban a punto de doblar el temido cabo cuando, de repente y sin tiempo de reacción, un feroz temporal hizo su aparición. Todo estaba en tinieblas, pues la luna había desaparecido entre las nubes. Solo los relámpagos iluminaban el horizonte marino. Noah empezó a inquietarse al igual que el resto de la tripulación. Todos menos Sem, quien permanecía impasible ante la adversidad. El capitán Hendrick les exhortó a hacer frente a aquella tormenta que amenazaba con engullirles de un momento a otro.
-¡Vamos grumetes, espabilad! ¡Izad la mayor!-bramó el capitán a sus temerosos hombres.
Pero la tempestad parecía envalentonarse ante el desafío de aquellos simples mortales. A cada rato que pasaba, iba aumentando de intensidad. Las olas rugían con inusitada fuerza y el agresivo viento provocaba un sonido ensordecedor que parecía procedente de otro mundo. Los despavoridos tripulantes imploraron a su capitán dar medio vuelta y regresar a puerto seguro hasta que amainase. Pero Hendrick no vaciló. Es más, cogió un crucifijo de plata e hizo el siguiente juramento:
-¡Juro por Dios que seguiré en mi cometido hasta el Día del Juicio Final si es necesario!-aquella sería la última ofensa del afamado capitán.
Los hombres de Hendrick se miraron los unos a los otros esperando lo peor. El capitán se había vuelto completamente loco. Pero no podían desobedecerle. Era como si el tiempo se hubiese detenido. Las violentas olas amenazaban con echarlos a pique, mientras Hendrick seguía vociferando órdenes que ya nadie podía ni quería escuchar. Estaban al borde de zozobrar. Fue entonces cuando, en un instante de cordura, Sem le lanzó su último mensaje a Noah antes de su despedida:
-Muchacho, coge una tabla del barco y huye de aquí-le dijo con los ojos en blanco.
-Pero, ¿¿qué estás diciendo?? ¡Moriré en el mar ahogado si te obedezco!-se sorprendió el joven ante la desesperada petición de su amigo.
-Rápido, haz lo que te digo, tú aún puedes salvarte de la condenación eterna. Yo ya estoy perdido, no tengo remedio-respondió Sem a la nada.
El joven no tuvo mucho tiempo para meditar. El caso es que Noah agarró un buen trozo de madera que se había desprendido en cubierta y saltó por la borda. Momentos después, el barco de Hendrick se deshizo en mil pedazos y se sumergió en lo más hondo del océano junto a todos sus tripulantes. No quedó ningún superviviente, a excepción de Noah que quedó flotando a la deriva. Lo encontraría un barco mercante a la mañana siguiente en estado de shock.
Taberna de Ámsterdam
Los dos oficiales en la taberna escuchaban con atención cada palabra del viejo Noah. Ya habían perdido la cuenta de todas las rondas que llevaban.
-Desde entonces, Hendrick y sus hombres quedaron malditos para toda la eternidad vagando sin poder arribar a puerto. Su barco recibió el nombre por el que se convirtió en leyenda: «El Holandés Errante».
-No puedo creerlo-Jan estaba totalmente ensimismado con el anciano.
-Y así fue como me estrené en mi primer viaje, sí señor-bromeó Noah con su peculiar sentido del humor alzando la copa y derramando una parte considerable de cerveza.
-Desde luego, toda una odisea-apuntó Pieter también muy atento.
-Pero aún hay más, caballeros-les dijo Noah guiñándoles un ojo-Pues se cuenta que aquellos que se cruzan con un misterioso barco de velas rasgadas con un extraño brillo espectral y osan saludarle…, sufrirán el mismo destino jajaja-Noah terminó la frase con una cavernosa carcajada mientras miraba a los ojos de los incrédulos Pieter y Jan.
-¿Y cómo fue posible que tú te salvaras de la maldición?-interrogó Pieter al veterano marinero.
El viejo iba a responder cuando, sin previo aviso, empezó a toser violentamente. A su avanzada edad, quizás ya no era tan buena idea aquellos encuentros. Había sido demasiado alcohol y esfuerzo por su parte. Los dos oficiales ayudaron a Noah a recuperarse y le agradecieron su dedicación. De repente, Jan se dio cuenta de lo tarde que se había hecho y se marchó de allí sin esperar al final de la historia. En el puerto le esperaba su barco para embarcarse en el siguiente viaje. No había tiempo que perder.
Ya en alta mar, el oficial no paraba de pensar en el relato que les había narrado el viejo Noah. ¿Sería verdad lo que se contaba acerca de El Holandés Errante o todo eran invenciones de un lunático anciano con ganas de llamar la atención? Iba haciendo sus cavilaciones, cuando le pareció ver un navío en la lejanía. Al principio no pareció darle mucha importancia, pero entonces cayó en la descripción que les había dado Noah. Aquel barco le daba una sensación de lo más sobrecogedora. No podía ser verdad.
-Haced la señal de saludo como de costumbre, marineros-ordenó el capitán ingenuamente.
-¡Capitán, capitán, demos media vuelta! ¡Ese barco está maldito! ¡Moriremos todos!-gritó a la desesperada Jan totalmente ido, tratando de evitar la perdición eterna.
-Oficial, ¿pero qué es lo que le ocurre? ¡Cálmese por el amor de Dios, es solo una señal!-su superior le reprendió al ver la actitud tan repentina de aquel insubordinado oficial.
Pero sin haber pasado apenas tiempo después de realizar el habitual saludo, un extraño resplandor les cegó a todos. Poco después quedaron petrificados en sus puestos como si una fuerza invisible les hubiera despojado de su movilidad y voluntad. Un viento aullador y un inusual frío los envolvió a todos. El Holandés Errante pasó por delante de ellos. Ahora podían verlo en toda su plenitud. Sí, de una manera u otra, Jan sabía que eran los siguientes desafortunados. Por siempre jamás.

Cultura popular
Son casi incontables las variantes que se han narrado acerca de «El holandés Errante». Algunos dudan de si el propio apodo de «Holandés Errante» hace referencia al misterioso navío o al capitán del mismo. Lo que sí está claro es que diferentes artes tales como la música, la literatura, el teatro, la pintura o más recientemente el cine, se han hecho eco de esta trágica leyenda. Aunque la tradición oral se conocía desde mucho tiempo atrás, las primeras referencias escritas datan de finales del siglo XVIII.
Podemos mencionar la obra de teatro The Flying Dutchman (1826) del dramaturgo Edward Fitzball. También es muy aplaudida la ópera «El Holandés Errante» (1841) del alemán Richard Wagner, en la que se añadió un elemento romántico y melancólico: al capitán Van der Decken se le otorgaba un respiro cada cierto tiempo para encontrar una mujer que deseara compartir la maldición a su lado. Entre las novelas que han incorporado el mito del barco fantasmal, se encuentran The Phantom Ship (1837) de Frederick Marryat y The Flying Dutchman on Tappan Sea (1855) de Washington Irving, entre otras.
Quizás la aparición en el séptimo arte más conocida, sea la referente a dos películas de la famosísima saga «Piratas del Caribe». Por un lado, Piratas del Caribe: El cofre del hombre muerto (2006) y también Piratas del Caribe: en el fin del mundo (2007). En estos dos largometrajes, «El Holandés Errante» está capitaneado por Davy Jones, una extraña criatura con rasgos de pulpo quien dirige a su vez a una tripulación también portadora de facciones de seres marinos de lo más peculiares. Su objetivo era «rescatar» náufragos que estaban a punto de morir para convertirlos en sus sirvientes. Para siempre.

Bibliografía
Bryan, T. (2013). The rise and fall of the largest corporation in history. https://www.businessinsider.com/rise-and-fall-of-united-east-india-2013-11
Business Casual (2018). When the Dutch Ruled the World: The Rise & Fall of the Dutch East India Company.
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