Cuentan que en la ciudad de Cuenca (España), hace siglos un apuesto galán recibió un encontronazo con el mismísimo demonio, cuyas consecuencias todavía son visibles.

La Cruz del Diablo
En el siglo XVIII, vivía en Cuenca un joven fanfarrón llamado Diego, quien se dedicaba a cortejar a todas las doncellas de forma interesada para después abandonarlas. Era muy complicado resistir a sus encantos, pues era muy apuesto y cautivador… a primera vista. Un día llegó a la vieja ciudad una dama de gran hermosura, tanta, que era el centro de atención de todas las miradas tanto masculinas como femeninas. Los hombres quedaban encandilados a su paso mientras que las mujeres envidiaban su belleza ante todo. Como era de esperar, tampoco Diego escapó a su atractivo, por lo que decidió armarse de valor y presentarse ante ella.
-Hola, me llamo don Diego y procedo de una familia de alta alcurnia. ¿Cuál es vuestro nombre, si puedo preguntaros?
–Diana. Encantada de conocerle Diego.- le dijo con voz melosa y aparentemente cariñosa.
Aunque la joven era guapa en grado máximo, solía mostrarse muy fría y distante, especialmente con Diego. El trato era demasiado serio, aunque muy educado, eso sí. Desde luego, aquella doncella era diferente a las demás. ¿Qué escondería Diana? ¿Por qué parecía esquivarle en cada instante? El noble se lo tomó como si se tratase de un asunto personal. Presuntuoso como siempre, le comentó a sus amigos que había conocido personalmente a la bellísima joven.
-Que sepáis todos que ya conozco a la magnífica Diana jajaja-se jactó el noble ante sus colegas.
No obstante, el más cauto de todos ellos, le respondió con un sabio consejo:
-Yo que tú me andaría con cuidado Diego. Nadie sabe de donde viene ni que ha venido a hacer aquí. Tampoco parece que tenga parientes o conocidos en la ciudad. No sé Diego, pero es todo muy extraño.
-Eso es que la quieres solo para ti. ¡Cómo si no me diese cuenta, malandrín!-masculló el galán.
-Haz lo que tú consideres Diego. De todas formas, una mujer como Diana es totalmente inalcanzable para mí. Pero quizás tú tengas alguna oportunidad, dada tu afamada trayectoria-le respondió su amigo con cierta sorna guiñándole un ojo.
A partir de entonces era habitual ver a Diego agasajando a la doncella con caprichos y regalos, algunos de ellos de gran valor. Pero Diana seguía en su misma actitud, sin apenas responder a tanta atención. Lo que había funcionado con otras damas, parecía que a la forastera no le hacía ningún efecto. Diego empezaba a desesperarse. A lo mejor su amigo tenía razón y debía olvidarse de ella. Pero él se mantuvo en sus trece. En el pasado, también había tenido unas cuantas conquistas difíciles, así que tan solo era cuestión de tiempo. O eso pensaba el incauto joven en aquella ocasión.
Cuando el galán ya había abandonado casi toda esperanza de tener un encuentro romántico con la enigmática doncella, recibió una misteriosa misiva de parte de Diana que rezaba lo siguiente:
‘Le espero en la puerta de la ermita de las Angustias. Seré vuestra en la Noche de los Difuntos’
Diego estaba pletórico. No podía creerlo. Por fin lo había conseguido. Ahora podría echarle en cara al idiota de su amigo lo mucho que se había preparado para disfrutar con Diana. ¡Menudo ingenuo estaba hecho ese, ja! Cuando llegó el día indicado, Diego se preparó con sus mejores galas y se perfumó al máximo. Quería estar espléndido para cuando llegara el momento. Tan absorto estaba en sus pensamientos, que no se dio cuenta de que había estallado una feroz tormenta en la ciudad. Los truenos rugían y los relámpagos iluminaban el cielo. Por si fuera poco, era un anochecer sin luna, negro como el carbón.

Pero el atractivo noble no parecía temer a nada ni a nadie. Al fin y al cabo, ¿qué eran unos simples rayos de nada? Al fin había llegado la tenebrosa Noche de los Difuntos y su cita con Diana. Tal y como estaba previsto, allí estaba la joven, si cabe más hermosa que nunca. Llevaba puesto un vestido precioso, más propio de una princesa. Diego se abalanzó sobre ella y empezó a besarla con energía. Diana le correspondió con unas tiernas caricias. Todo parecía ir bien hasta que el galán subió un poco la falda de la muchacha y cual fue su sorpresa que en vez de delicadas piernas, se encontró con unas espeluznantes y peludas pezuñas de pata de cabra. ¿Pero qué estaba ocurriendo? ¿Qué era todo aquello?
¡Socorro! ¡Ayuda!– acertó a decir el joven desembarazándose de aquella horrible criatura que fingía haber sido una adorable muchacha. El diablo se mostró ahora en todo su esplendor. Fiero, cruel, malvado. Ahora tendría un alma más que llevarse al Fuego Eterno. Diego echó a correr, tropezándose a cada paso de lo asustado que estaba. Gritaba a pleno pulmón pero nadie podía oírlo. Por detrás, iba siguiéndole el Príncipe de las Tinieblas riéndose de forma macabra, dispuesto a cobrarse su siguiente víctima. Ya estaba muy cerca del muchacho. Entonces Diego la vio. Sí, una imponente cruz se hallaba justo en medio del camino de huida y sin pensárselo más, se abrazó a ella con todas las fuerzas que pudo sacar como último recurso.
–¡Dios mío, perdóname! ¡Dios mío, perdóname! ¡Sálvame, te lo suplico!-lloraba a lágrima viva Diego aferrándose a la que era su única esperanza de salvación.
Ante esta escena tan dramática, el Diablo tronó con su verdadera voz:
-¡Apártate de esa cruz, maldito pecador! ¡Entrégame tu alma y sucumbe a la perdición!-. Ya nada quedaba de la hermosa doncella, excepto una ristra de telas raídas donde antes estaba el flamante vestido.
Pero Diego, ante las cavernosas órdenes de su infernal perseguidor, aún se agarró con más esfuerzo todavía. Tan violentamente, que incluso le empezaron a sangrar las manos. Aún no había pasado el peligro, pues el demonio seguía encontrándose a solo un palmo de distancia. Sin embargo, la cruz ejercía un halo de protección divino que impedía al ángel caído acercarse más y atrapar de una vez por todas a Diego. El demonio se enfadó terriblemente ante este contratiempo. Se le había escapado en menos de un suspiro. ¡Arrggghhhh! Al no poder cumplir su voluntad, Satanás le propino entonces un zarpazo al joven, que le desgarró su elegante traje de arriba abajo además de dejar una marca humeante en la cruz.
A pesar del dolor sufrido, Diego se mantuvo en su posición hasta que pasado un rato que le pareció una eternidad, abrió los ojos. El Diablo había desaparecido. No se hallaba ningún rastro visible de él. Solo quedaba un aire impregnado de un fuerte olor a azufre. La tormenta había empezado a amainar. Todavía conmocionado, y en cuanto tuvo la más mínima oportunidad, el joven solicitó su ingreso inmediato en la misma ermita donde había tenido su encuentro con el Maligno. Desde entonces, ya nadie supo nada más sobre él ni tampoco de la enigmática Diana. Mas la huella que dejó el demonio en la cruz, todavía se puede observar como un siniestro recordatorio de nuestros pecados y de los oscuros resultados que estos conllevan.

Bibliografía
Cervera, C. (2018). «Los mitos más oscuros de Satanás, el ángel caído que no reina en el infierno». ABC Historia. https://www.abc.es/historia/abci-mitos-mas-oscuros-satanas-angel-caido-no-reina-infierno-201703280058_noticia.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.abc.es%2Fhistoria%2Fabci-mitos-mas-oscuros-satanas-angel-caido-no-reina-infierno-201703280058_noticia.html
Draw my life. «La Cruz del Diablo». https://www.youtube.com/watch?v=bfp_iioqxSg
Engra, M. A. (2024). «La Cruz del Diablo». https://academiaplay.net/la-cruz-del-diablo/
Muñoz, M. E. (2012). ‘De Leyenda (I)’. Curiosidades. Fiestas y Tradiciones. Leyendas de Cuenca. http://www.estoescuenca.com/leyendas-de-cuenca-1/
Muñoz, M. E. (2013). ‘De Leyenda (II). Otras dos Leyendas en Cuenca’. Fiestas y tradiciones. Leyendas de Cuenca. http://www.estoescuenca.com/leyendas-en-cuenca_2/
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