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Vlad el Empalador y el mercader de Venecia

¿Quién fue Vlad III el Empalador? ¿Por qué fue tan conocido? ¿Y qué terribles historias se contaron sobre él?

Recreación de Vlad III. Fuente: laestadea.com

Vlad el Empalador

Todos hemos oído hablar en alguna ocasión del legendario vampiro conde Drácula, inmortalizado en innumerables relatos, crónicas y películas. Lo que no todo el mundo conoce, es que este tenebroso personaje está inspirado en Vlad III el Empalador o Vlad Drácula, segundo hijo de Vlad II Dracul, y príncipe de Valaquia entre 1456 y 1462. En la actualidad, está considerado como uno de los héroes nacionales de Rumanía, famoso por sus acciones sanguinarias y su riguroso sentido de la justicia en una época muy convulsa.

En ocasiones, Vlad III es recordado como un mandatario aficionado a la tortura y a un proceso de muerte lenta y dolorosa. Algunos han afirmado que bebía la sangre de sus víctimas para deleitarse. Existen fuentes que hablan de la muerte de unas 100.000 personas a causa de Vlad. Su método favorito de ejecución era el empalamiento, de ahí su sobrenombre (el Empalador). Son muchas las historias que se han contado acerca de Vlad III. Pero ciertas o no, de lo que no cabe duda alguna, es de que nos siguen fascinando incluso en nuestros días.

La leyenda del mercader

Cuenta la leyenda que un rico mercader de Venecia se acercó un día a las puertas del palacio de Vlad III para tratar de resolver un robo del que había sido víctima. Un imponente guardia se acercó a él y le indicó que esperase hasta que le recibiera en audiencia. Vlad fue informado de la visita. Él era señor y amo de aquellas tierras y todo lo que ocurriese allí era de suma importancia, incluida la protección a los escasos viajeros que se atrevían a circular por sus dominios.

-Mi señor, un forastero procedente de Venecia desea verle.

-Muy bien. Hacedle pasar.

El mercader fue recorriendo una a una las habitaciones de palacio hasta llegar al esplendoroso salón del trono. Pudo observar como había ciertos habitáculos cerrados a cal y canto y no pudo evitar preguntarse que escondería allí el misterioso príncipe. ¿Documentos secretos? ¿Acaso era oro, plata, joyas? Quien sabe. Los ojos se le hacían chiribitas de solo pensarlo. Tras un rato en el que un criado les presentó a ambos, el magnífico Vlad acompañado por la guardia real de palacio, le ordenó que hablase.

-Su Alteza, soy un humilde mercader procedente de la opulenta ciudad de Venecia. Deseaba verle, pues me ha sido sustraída una valiosa bolsa con 30 monedas de oro y necesitaba su ayuda y consejo.

-Sé bienvenido a mi corte, extranjero. Aplicaré mi justicia y muy pronto te serán restaurados tus bienes. Espera mi llamada al cabo de unos días.

Nuestro protagonista se mostró algo escéptico, pero decidió confiar en Vlad. Al fin y cabo, sabía de su grandiosidad y respeto entre sus gentes, pues incluso en un lugar tan lejano como Venecia había oído hablar de sus hazañas. Pero, aunque conocía muy bien los recursos del temido príncipe, bien sabía que sería muy difícil encontrar aquella bolsa repleta de oro. Lo más seguro es que el ladrón se encontrara ya muy lejos de aquel lugar.

Un día, estando alojado en una posada cercana a palacio, un sirviente de Vlad acudió a visitarle. Cual fue su sorpresa cuando recibió la gratificante noticia.

-Nuestro señor ha encontrado su tesoro. Debe acudir cuanto antes a palacio y le será devuelto.

El castillo de Drácula, Transilvania (Rumanía). Fuente: Elperiodico

El mercader no cabía en sí de júbilo. ¿Cómo habían encontrado al ladrón y recuperado su tesoro en aquel sitio tan inhóspito? Iba dándole vueltas a este asunto cuando, de repente, un oscuro pensamiento se abrió en su mente, ¿pero y si todo era una astuta trampa de Vlad? No, no podía ser, pues los comerciantes gozaban de su protección y solamente los malhechores recibían su condena. Su padre, quien había dejado este mundo mucho atrás cuando él era aún pequeño, le había advertido: cumple con las leyes y nunca te apropies de los bienes ajenos aunque los tengas a mano. Y así lo hizo siempre, para honrar a su progenitor.

El mensajero de Vlad fue recorriendo uno a uno los aposentos del príncipe, pero en un determinado momento, se desvió por el camino que habían seguido la vez anterior, pasando por salas peor iluminadas y tétricas. Ligeramente extrañado, el mercader hizo ver este pequeño cambio a su acompañante.

-Este no es el mismo trayecto que realicé la última vez. ¿Todo está bien?-. A lo que su interlocutor le respondió de forma misteriosa:

-No se preocupe. Nuestro señor sólo desea que le enseñe otras «dependencias» de su palacio.

La curiosidad del invitado quedó suficientemente colmada cuando, de repente, entraron de lleno en una sala aterradora atestada de cuerpos empalados. La grotesca imagen se quedó grabada a fuego en la atribulada cabeza del mercader mientras un sudor frío le empezaba a brotar de su frente. El comerciante había visto mucho a lo largo de su existencia, pero nunca a ese nivel de crueldad. ¿Qué indescriptible horror era aquel? ¿Quizás fuese una advertencia a su persona? No le dio tiempo a reflexionar mucho dichas cuestiones cuando el sirviente tocó a una gran puerta al final del camino. Por fin llegaron a la majestuosa presencia de Vlad, pero en esta ocasión fue recibido no en el salón del trono, sino en una cámara mucho más austera y sombría. El príncipe intervino primero.

-Mercader, hemos recuperado tus riquezas, tal y como me pediste. Ahora mismo te serán restituidas. Pero antes que nada, asegúrate de contar muy bien todas las monedas de oro por si faltara alguna.

El sorprendido comerciante empezó a contar todas las monedas de oro una a una como le había solicitado el príncipe. Pero algo no terminaba de cuadrar. Volvió a hacerlo. Otra vez no le salían los cálculos. Cuando se cansó de contar sus monedas una y otra vez, con una voz temblorosa solicitó la atención de Vlad.

-Mi señor, mi señor, esta es la bolsa que me fue robada durante mi estancia en sus tierras tal y como le informé. Pero en ella no se hallan 30 monedas de oro como la última vez que la poseí, sino 31.

El príncipe, orgulloso de haber probado con éxito la integridad de aquel forastero, procedió a dictar su implacable sentencia.

Tu honestidad te acaba de salvar la vida, mercader. Pues de haberte quedado con las 31 monedas de oro que se encontraban en tu bolsa, tu suerte habría corrido paralela al ladrón que dimos caza, el cual se halla exactamente detrás de ti.

Cuando giró la cabeza el mercader, un grito ahogado se escapó de su boca. El infame bandido se hallaba empalado desde hacía poco tiempo, justo en la misma habitación donde se encontraba en ese momento. Al cabo de un rato, se recompuso, agradeció sus servicios al príncipe y marchó hacia su patria sin más demora. Al fin podía volver a sus cotidianos quehaceres. Pero el lejano recuerdo de aquella visita a Vlad llamado el Empalador, jamás se le borraría hasta el final de sus días.

Vlad III. Fuente: desdelafe.mx

Foto de portada de laestadea.com

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